Pero me despierto. Súbitamente. Sudo. No sé dónde estoy. Lo recuerdo. Estoy en cada de mi madre. Ahora entiendo. Pero acá estoy segura. Me comprometo a dormir más porque tengo que hacerlo. Debo. Pero no puedo. No porque vi lo que vi. No porque a uno le va quedando el alma llena de recuerdos que son aquello que lo constituye. Aquellos que lo hace. Aquello que somos.

 

Y entonces recuerdo. Recuerdo el Carriquí. La ardilla esquiva. E inclusive hasta la lombriz que huía despavorida. Y me derrumbo. ¿Acaso no entendieron Dioses? Si, si entendieron. Y entendimos nosotros. Porque allí arriba en la montaña, sentí que había algo más. Lo sentimos. Y quedó grabado. Nos protegieron y lo supimos. Los sentí. Y estaban bravos. Y están ahí. Los elementos. Todos. Y muchos amigos. Y entonces comprendí.

 

Comprendí en silencio. Y lloré sentada sobre aquella ceniza de mis montañas. La tomé en mis manos. Le perdí perdón a la Tierra. Pero el fuego seguía bravo. Se abrió paso de repente y se mostró muy cerca. Avivó su llama a escasos metros. Y la vi. Los vi. Estaban todos ahí. Y salían desde adentro. Salían desde el alma de nuestra montaña. Indescriptiblemente. Maravillosamente. Misteriosamente. Magia. De esa que somos. De esa que seremos. De esa que nos hace.

 

No me debería despertar. Pero me pasa. A menudo. Cuando el mundo que vivo me toma por sorpresa. Me aprieta fuerte. Me desgarra. Cuando no puedo más. Cuando en días como ayer ya no quiero ser más humana. Quiero ser ave, quiero ser pez, quiero ser delfín. Pero entonces recuerdo. Recuerdo que nuestra especie acaba con todos ellos. Y entonces no puedo. Mejor soy esta. Mejor me quedo en este cuerpo y les pido ayuda a todos ellos. Para que me den fuerza. Para que entre mis sueños una y otra vez sea esa ballena que vi con su ballenato abrazarse y besarse. Acunarse. Para ser ese búho que veo hoy desde mi casa con su polluelo. Para ser de los otros. No de estos. Para ser árbol. Para ser liquen. Para ser gnomo.

 

Debo dormir y no puedo. Tengo una cita. Y mañana muchos me ayudarán a contar historias. Mañana muchos allá lejos donde me esperan me enseñarán. Lo que se siente. Lo que es estar lejos de las ciudades. Lo que es ser un ser humano distinto. Y siempre aprendo. Aprendo rápido. Y ellos son mis grandes maestros aunque yo vaya a enseñar. Ellos son la gente que más amo. Esa de a pie que es más rica que cualquier otro. Esos que hacen nuestra Colombia. Esos que siempre pierden y que viven sin agua potable, sin energía, sin tantas cosas. Pero aún así son ricos. Son ricos en tiempo. Ricos en solidaridad, en compasión, en amor.

 

Si este incendio hubiera sido allí, no hubiera durado ni una hora. Porque ellos si saben lo que se pierde. Para ellos si son valiosos los bosques. Para ellos si son valiosas las aves. Los árboles. Tarde comprendieron quienes son sus verdaderos amigos y mantienen en equilibrio esa amistad. Como la que yo atesoro. Con cada uno. Con todos ellos. Con los elementales y la naturaleza que amo.